Xiomara, la que sabe caminar sola por el mundo (Un año después de la presentación de ‘Caladas de Cuba’)


Fotografías: Pablo Sánchez del Valle

Hace un año presenté en el Centro Cultural Las Claras de la Fundación Cajamurcia mi tercer libro: ‘Caladas de Cuba’. Fue en la noche de San Juan de 2017. Una velada que no puede perderse entre los recuerdos, por muy esquiva que sea la memoria de cada uno. Hace unos meses tuve noticias de Cuba. El fotógrafo Pablo Sánchez del Valle viajó a la isla con un ejemplar del libro y visitó a una de las protagonistas. Hoy quiero presentárosla. En el anterior post venía una imagen de ella. Es Xiomara, la mujer que camina sola por el mundo. Con ella os ofrezco un fragmento de ‘Caladas de Cuba’, con el que abro el cuarto capítulo, ‘Imaginación’. Fresca está en nosotros todavía la imagen de una Cuba plena de hermosos regalos de la naturaleza. Y de gente amarrada a la vida, sea como sea. Gracias por este año de amistad, y por seguir con tanto cariño este blog de viajes. Me siento afortunado por vuestras muestras de afecto, y por creer que merecía la pena leer esta propuesta. Las imágenes que acompañan el post son del paso de Pablo por Trinidad, y del momento en el que Xiomara descubrió su historia impresa en las páginas de este libro.

Manuel Madrid 22/06/2018

Imaginación (Un pequeño fragmento de ‘Caladas de Cuba’)

Trinidad, una de las ciudades más bellas y antiguas del tiempo de la colonia española, recibe al desconocido con zalamería. Los del lugar esperan con sus santas dentaduras el autobús de Viazul dispuestos a sacar astilla a los pasajeros ayudándoles con las valijas y proponiéndoles “la mejor casa particular”, con todas las comodidades, de las que uno duda ya después de unos cuantos días en la isla. Esa escena contempla a diario, y con arregosto, Xiomara Cañizares Sosa desde el número 128 A de la calle Gustavo Izquierdo2, frente a la terminal. Esa señora flaca y trasojada no nos ofreció su caserón, que ocupa ella sola, pero sí una vara, que era lo más extraño que alguien nos había intentado vender desde que aterrizamos en la isla. La escena surrealista dio pie a conversas posteriores con la mujer risueña a la que solo parecía ofenderle el calor. Julio es un mes luciferino en Cuba y el sol correctivo no tiene piedad con el ambulante. Por eso aquí la gente acostumbra a dejar abiertas las ventanas, que no son cuadradas, sino rectangulares, con el vano más alto y ancho de lo común, y rematadas con distinguidas rejas. Las casas de la antigua Villa de la Santísima Trinidad, fundada en 1514, solo un año antes que Santiago de Cuba y San Cristóbal de La Habana, son espaciosas por demás, y la de Xiomara todavía más. Aunque debió ser concebida con arreglo a mejores posibilidades económicas de las que manifiesta la actual inquilina.

Xiomara ocupa el ala izquierda de lo que, originalmente, fue una mansión con patio central entorno al cual se distribuían las estancias. ¿Dónde se están quedando?, nos preguntó con interés. Encontramos habitación libre en la casa de Yirina y Chichi, una construcción de 1830 que era ciertamente un muestrario de barroquismo, en la misma calle de Gustavo Izquierdo, a unas cuadras de la plaza Mayor y del Palacio Iznaga, entre las calles Gloria y Media Luna, refugio de la vida de antaño que algún día será, cuando retiren vigas y andamios, un eminente parador de cinco estrellas. Como quien dice, éramos vecinos. Así fue durante al menos cuatro días en los que Trinidad no dejó de mostrar su inacabable encanto. La morada de Xiomara es, en realidad, de su hija. Hasta hace tres años estuvo rentada al Gobierno, que la utilizó como gimnasio. “Es herencia de su papá, del que era mi esposo, que está vivo, pero no la quiere. La casa, quiero decir. Tengo cuatro hijos. Tres con ese hombre, dos hembras y un varón. Mi primer hijo fue con otro señor”. Las canciones de Celine Dion resonaban como si ocupáramos la primera fila de una audición. Era la radio del restaurante contiguo. Todo lo que pasa dentro del negocio se percibe con precisión. El techo es compartido. La división horizontal no se ha podido completar por la clasificación del inmueble como monumento nacional. “El asunto es que esta casa tiene sus detalles, hay que respetar los arcos y tú no puedes picar la estructura ni cortar las ventanas”. Así que hicieron una permuta: Xiomara cedió parte del recibidor, y el establecimiento ganó espacio en el salón. Pero la pared medianera no llega hasta el artesonado, de modo que Xiomara siente las conversaciones como si fuera una comensal más en las mesas.

La vieja reía con provocadora jovialidad. Su obsesión era invitarnos a tomar café. Llamar austero a su hogar era ser generoso. Esta oriunda de Camagüey, llana y sin ataduras materiales, era lo más valioso. Espacios amplísimos, paredes desconchadas por la humedad, cables volantes y un bodegón de flores en el enlosado. Las plantas, apenas unos humildes brotes, emergían de latas corroídas y de culos de pomos de plástico. Entre esos dignos maceteros había uno de cristal azul, un casco de Regenta, un vodka embotellado en la isla. La contraventana estaba abierta de par en par, y desde la calle se distinguían una cama, dos sillas y un revistero con ejemplares de la Gaceta Oficial de la República de Cuba y de la revista científica Juventud Técnica. En una mesita baja esquinada, sobre un mantel rojo, tenía un jarrón con lirios, un espejo, una imagen de Cristo adherida a un cedé y una copa de agua turbia. Había que atravesar otra estancia intermedia para llegar al patio, hoy dividido e invadido de trastos sin valor ni utilidad. El dormitorio, un cajón de sastre, quedaba en penumbra. La cocina eran apenas unos hornillos y dos armarios desencajados a modo de alacena y coqueta. Sobre el camastro, de madera desnutrida y rebozo blanco, un mosquitero atrapaba sus fantasías. El suelo era sufrido, grandes losas de terrazo que habían sido rociadas no muchas horas antes, y los techos, descomunalmente altos. Las partes de la pared que habían quedado deslucidas formaban un fresco dominado por manchas naranjas como llamas de brandy y verdes como el chispeante cuello de un ánade real.

(…) Xiomara no parecía de esas setentonas que amanecen con mal humor, con el moño virado, como le dicen en Cuba. Era de lo más amigable, y en el vecindario conocían su trayectoria. “Al principio, cuando me casé y me vine a vivir a Trinidad, moramos juntos en esta casa. Nos divorciamos porque él era muy mujeriego, no me respetaba nada. Ser desleal no es cosa de hombres o mujeres, eso va en la persona. Pasé trabajo y sufrí mucho, con los chiquitos en Camagüey, iba cada mes a verlos…”. Contaba su vida sin tapujos mientras sorbía café con rematada elegancia. El humo salía de sus labios con tal gracia que formaba sobre su cabellera un pintoresco aro de ángel. Reparé en que tenía un tatuaje en una muñeca, y el símbolo era el mismo que estaba labrado en una tranca de madera en el techo del vestíbulo, una estrella azul de cinco puntas. ¿Pura coincidencia? “Mira lo que te digo, el que era mi esposo había prestado al Gobierno esto, y él ya no reclamó más la casa. Entonces yo fui a vivir en diferentes lugares, de un sitio a otro, y pasaron como treinta años. Entonces, en el año 2005, vivía como a 15 kilómetros de acá, en el campo, en la última casa de Trinidad, y allí me tocó pelear cuerpo a cuerpo contra la furia del huracán Dennis, que me dejó en la calle. Entonces empecé a beber mucho, por mis problemas y por mis hijos, y así. Y yo reclamé esta casa, y luche por ella como contra el huracán. Yo no soy una mujer que se deje avasallar: vivo a mi forma, deseo conversar con ustedes y si deseo salir salgo. Y con otra persona ya no me veo. Soy libre, soy una mujer librepensadora. De pequeña me quedé huérfana, de madre y padre, y me acostumbré a ser independiente. Siempre estuve en colegios católicos, de monjas, antes de la Revolución, y después ya tuve que buscarme una familia. Tuve sola a mi primer hijo, y ya me puse a trabajar. Y conocí después al que sería mi marido, nos casamos en Camagüey, y nos vinimos para Trinidad. Ya voy a hacer 45 años aquí y todas las personas me conocen: tengo un carácter sociable, como las gitanas. ¡Y hace tres meses que no bebo ni ron!”.

El nombre de Xiomara (‘la que sabe caminar sola por el mundo’) le venía al pelo a esta defensora de la justicia que aprendió pronto a diferenciar el bien del mal. “Mi regla de oro es ama a Dios y ama a tu prójimo. Amo a Dios en todo lo que me rodea, en las personas y las plantas. Al principio, cuando empezaban a llegar los extranjeros, yo era taxista. Manejaba un carro del Estado, un Dogde. Si tomabas un dólar de la caja te llevaban preso. Tuve que abandonar. No tenía quien me cuidara a mis hijos pequeños. Cuando no se llevaba esto de las casas particulares, hice amistad con una alemana, que vivía en Frankfurt, y vino muchos años a visitarnos. Yo no me escondía, y lo digo porque ahora es normal que nos visiten extraños, pero antes no era tanto. Lo que yo hacía de comida, ella comía. Para todos por igual. Dormía en mi casa, sin problemas. Al extranjero siempre le di buena acogida, y ella aprendió mucho de mí”…

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